Nunca notaste cuando cambió el viento de dirección. Te
quedaste enterrada en medio de huracanes y tú veías hacia el cielo pidiéndole
respuestas, y las respuestas ya estaban ahí pero no te gustaban. Nunca oíste el
sonido de la puerta cuando se fue, cuando se cansó, cuando tú buscabas algo más
y él esperaba ser suficiente. El era más que suficiente.
Sentada en la cama, reflexionas sobre cómo llegaste a ser
esto. Te convertiste en tu madre, en ansiedad, en víctima. Juraste que no te
convertirías en desierto pero ahí estás sola, en extremos, en opuestos y
perdida. Tus sueños son muy grandes, eso te repetías para consolarte. Muy
grandes como para que alguien más los entienda, vastos e indestructibles pero
te destruyen a diario. Te convierten en polvo, te desintegran y al día
siguiente tienes que regresar a abrir los ojos y a ver el sol a travez de
ellos.
Te tiemblan las manos, todo huele a todo lo perdido. Te han olvidado en medio del terremoto que es esta vida.
Respiras una última vez y te oxidas.